Cuando vivía en La Habana, en unos de esos raros sucesos en que tenía el día para mí, llego a la casa de un señor que vendía libros viejos. Buscando algo sobre la teoría de los colores y me senté pacientemente a mirar libro por libro. Ocurrió que mientras más títulos leía más me fascinaba.
Lo mejor de todo era que me los daba a un precio de risa, pero tan de risa que le pagué por demás. Me avergonzaba que él no supiera el valor de lo que me estaba mostrando. Terminé eligiendo unos 50.
Al llegar a casa me senté a disfrutar de mi botín: El secreto de la flor de oro y Psicología Moderna, de Carl Jung; La conquista de Bizancio, de Stefan Zweig; Doctrina de la verdad según Platón, de Martín Heidegger. Dos novelas de Enrique Jardiel Poncela, La tournée de Dios y Dos corazones con freno y marcha atrás. Oráculo manual y el arte de la prudencia, de Baltasar Gracián; una colección de Anne Betsan, literatura hindú.
Y, entre muchas otras muchas prendas encontré unos libros pecadores: Cómo conseguir amigos y La ciencia de hacerse rico. Marco estos libros porque para mí fueron una revelación. Y los leí con una avidez rarísima puesto que vivía en un país donde el respeto a las ideas era algo fuera de lo común y tratar de hacerse rico un acto delictivo. Quien diga hoy que lo que yo estoy narrando no es cierto o quizás exagerado, sólo me queda pedir, desde mi posición espiritual: ¡Qué Dios les perdone!
La lectura de estos dos autores fue cambiando mi mente. Me revelaron cuán lleno de hojarascas se hallaban los espacios de mi pensamiento. Y tomé conciencia de la necesidad de baldear ese territorio tan privilegiado que es el que te permite la lucidez para tomar decisiones y actuar.
Algunos tópicos en ambas lecturas, estoy segura, causarán en ustedes el mismo efecto que causaron en mí. Y si de veras queremos apelar a la autoayuda recomiendo empezar por estos dos libros.
No se puede vivir de espaldas a la verdad que nos rodea. Podemos observarla y hacernos que no le vemos o no nos damos cuenta. Callarnos, ser cómplices en el silencio, ya sea por cobardía, prudencia o discreción, pero nunca ignorarla. El precio de ignorar la verdad es muy alto, y a veces, no tenemos con qué pagar el salir de esa torpe manera de enfrentar la existencia.
El refrán ojos que no ven corazón que no siente, por efectivo, no deja de ser un defecto. Hay que ver y hay que sentir. Y aprender de todo lo que vemos, porque nunca se sabe cuándo tendremos que enfrentarnos a esa realidad.

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