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jueves, 25 de junio de 2015

La pasión de leer

Cuando vivía en La Habana, en unos de esos raros sucesos en que tenía el día para mí, llego a la casa de un señor que vendía libros viejos. Buscando algo sobre la teoría de los colores y me senté pacientemente a mirar libro por libro. Ocurrió que mientras más títulos leía más me fascinaba. 

Lo mejor de todo era que me los daba a un precio de risa, pero tan de risa que le pagué por demás. Me avergonzaba que él no supiera el valor de lo que me estaba mostrando. Terminé eligiendo unos 50.

Al llegar a casa me senté a disfrutar de mi botín: El secreto de la flor de oro y Psicología Moderna, de Carl Jung; La conquista de Bizancio, de Stefan Zweig;  Doctrina de la verdad según Platón, de Martín  Heidegger. Dos novelas de Enrique Jardiel Poncela, La tournée de Dios y Dos corazones con freno y marcha atrás. Oráculo manual y el arte de la prudencia, de Baltasar Gracián; una colección de Anne Betsan, literatura hindú.
Y, entre muchas otras muchas prendas encontré unos libros pecadores: Cómo conseguir amigos y La ciencia de hacerse rico. Marco estos libros porque para mí fueron una revelación. Y los leí con una avidez rarísima puesto que vivía en un país donde el respeto a las ideas era algo fuera de lo común y tratar de hacerse rico un acto delictivo. Quien diga hoy que lo que yo estoy narrando no es cierto o quizás exagerado, sólo me queda pedir, desde mi posición espiritual: ¡Qué Dios les perdone!

La lectura de estos dos autores fue cambiando mi mente. Me revelaron cuán lleno de hojarascas se hallaban los espacios de mi pensamiento. Y tomé conciencia de la necesidad de baldear ese territorio tan privilegiado que es el que te permite la lucidez para  tomar decisiones y actuar.

Algunos tópicos en ambas lecturas, estoy segura, causarán en ustedes el mismo efecto que causaron en mí.  Y si de veras queremos apelar a la autoayuda recomiendo empezar por estos dos libros.

No se puede vivir de espaldas a la verdad que nos rodea. Podemos observarla y hacernos que no le vemos o no nos damos cuenta. Callarnos, ser cómplices en el silencio, ya sea por cobardía, prudencia o discreción, pero nunca ignorarla. El precio de ignorar la verdad es muy alto, y a veces, no tenemos con qué pagar el salir de esa torpe manera de enfrentar la existencia.

El refrán ojos que no ven corazón que no siente, por efectivo, no deja de ser un defecto. Hay que ver y hay que sentir. Y aprender de todo lo que vemos, porque nunca se sabe cuándo tendremos que enfrentarnos a esa realidad.


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Ella me dijo: Odio vender, me entiendes, lo detesto

El mejor consejo que he recibido en este mundo de los negocios por Internet ha sido el que me dio un viejo experto: Amiga, no le expreses  tu proyecto a tu familia ni a tus amigos cercanos. Van a usar cualquier argumento que te desmoralizará. Este es un camino que debes recorrer sola, a tu cuenta y riesgo. Y compartirlo con personas ajena a tu círculo más cercano. Tienes que tratar de buscar gentes que caminen sobre tu misma cuerda, ya aparecerá quien querrá  probar andar contigo.
No le escuché del todo porque soy entusiasta y obstinada, y no más encontrarme una de mis  amigas, se lo compartí. Su respuesta fue tajante.
Yo no quiero aprender a vender. No lo soporto. Detesto vender: LO ODIO.
Su expresión de guerrera vikinga me irritó. Sólo le había comentado.
De inmediato me empezó a hablar de su mamá.  Sus buenas cualidades. ¡Qué lástima no la conozcas! Y el niño, ya tiene 9 años. Inteligente como su padre. Tú sabes que Ignacio es un     cerebro. A Ignacio lo conocía de pasada. Le decían “el camagüeyano” por su carita de perro.  Y del muchachito me acordaba muy bien: un bofe.
- No sé por qué dices que odias vender. Tú vendes a todas horas.
- Yo nunca te he vendido nada, amiga.
- Como que no. Me vendes a tu mamá, me vendes a tu hijo. Me vendes a tu marido, y a tu persona cuando me dices: Mira qué  joven me veo. 
Te pasas la vida vendiéndome algo. Entonces ¿cuál es tu problema? Ya me “jartas” con tus ventas y yo te las recibo, y te las tolero. Una venta detrás de la otra.
Se molestó y me dejó de hablar por largos meses. Hasta que coincidimos en un evento. Me    sonrió. Le sonreí. Me contó que había montado un hotel y terminamos cenando en un restaurante.
-Necesito que veas esas habitaciones.
-Jejeje, me estás vendiendo el hotel y todavía no he comenzado mi cena. Tú que odias vender.
-Acéptame, mis disculpas. A veces no somos humildes con el otro. Necesito promover mi hotel. Hacer un sitio web y ponerlo a correr en Internet. Sé que eres CEO y me han dicho que lo haces muy bien.
Era un elogio, pero yo había sufrido tanto con su falta de apoyo…qué me podía importar su buena opinión.
- Ya no estoy en eso. Ya no vendo.
- No puede ser…con lo ilusionada que estabas en ese curso.
- Tú me mataste la ilusión. Me acomplejaste. La gente como tú desalienta a cualquiera. 
-Lo siento. -dijo, como si con esa frase resolviera el mal sabor.
-Hay alguien que puede ayudarte, un chico que aprendió conmigo en aquel proyecto. Toma su teléfono.
Ella esperaba que fuera yo, para ver si no le salía gratis, pues... menos costoso, pero no me inspiraba. Ese defecto de guardar rencor, debía trabajarlo más. 
Se levantó e hizo ademán de pagar. Ya le conocía, era sólo un ademán, y le ahorré el apuro dejando un billete dentro de la cuenta. No quería parecerme a nadie.
La moraleja, si es que no las has adivinado, te la cuento más tarde. Ahora debo pelar las rosquitas, que duermas bien.
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